Dejamos Dalat, para volver a la costa, y de algún modo a Vietnam. Nha Trang, sobre el mar de China, es uno de los destinos más conocidos de este país, seguramente por sus playas interminables y aguas verdes. La ciudad en sí no es muy linda y no dice mucho, pero tiene mar, lo cual de por sí es bastante. El primer día lo pasamos en la playa, bañándonos y caminando por ahí.
Sedientos de un poco de música y noche, salimos del hotel para comer algo, con la idea de terminar en algún boliche divertido, que seguramente encontraríamos sin problemas en una ciudad costera. Error. Después de probar suerte en el Sailing Club, un reducto casi aristocrático (al modo vietnamita, por supuesto) con grandes reminiscencias del YCA, dimos con otro boliche más céntrico, pero no por eso menos prometedor. Nuevamente error. La historia preció repetirse, y la escena fue casi idéntica a la de la Navidad en Dalat. Nos recibieron en el lugar como a reyes, hicieron cuanto pudieron por hacernos sentir cómodos y a gusto, nos ofrecieron tragos y demás, pero no funcionó. Era ya un poco tarde (11PM, cabe la aclaración) y la música estaba a niveles intolerables. Todos los boliches a los que fuimos tuvieron el mismo problema: no se aguanta el volumen de la música, o al que mantienen sus conversaciones en la calle. Escupen a los gritos ese idioma incomprensible que hablan. La noche terminó en el hotel, mirando Apocalypsis Now. Curiosidades de la vida: Martin Sheen empieza desde Nha Trang su largo recorrido por el río camboyano, hasta dar con el Colonel Kurtz para cumplir con la misión que le fue asignada.
El segundo día, nos tomamos bien temprano un bote hasta una isla que queda justo en frente de la ciudad. Después de navegar durante casi una hora, nos tiramos en el mar para hacer snorkel. El agua era bastante transparente, y entre las rocas del mar completamente tapizadas de algas y corales, pudimos ver peces de todos los colores y tamaños, y hasta un pulpo y una tortuga que no alcanzamos a tocar porque la presión del agua sobre nuestros oídos nos impidió bajar tan profundo. Después de comer un espectacular almuerzo que nos prepararon en el barco, con camarones, calamares, atunes, y los infaltables spring rolls que los orientales comen sin saciarse, volvimos a tirarnos para nadar un rato más. La bahía en la que nos tiraron esta segunda vuelta no era tan buena, y además el agua estaba un poco sucia. El snorkel fue por lo menos, un programa diferente.
Esa misma tarde partimos para Hoi An, un destino que dió mucho para contar.