Llegamos a Jaipur, capital del Estado de Rajasthan, en tren desde Nueva Delhi. La India tiene un excelente sistema de transporte ferroviario que se extiende como una telaraña por todo el subcontinente. El tren es parte de la cultura india, tanto como lo es en Europa. Delicias de la colonización británica, que aún subsiste en esta potencia mundial que es la India, todas las ciudades, hasta la más pequeña, tiene su propia estación, y las frecuencias y el servicio son bastante buenos, aunque existen los atrasos, que luego sufriríamos en carne propia.
Llegamos hacia el mediodía, y conseguir un hotel no fue todo lo fácil que nos hubiera gustado. Creímos que en la oficina de turismo oficial de la estación recibiríamos información objetiva y certera. Todavía no llevábamos tantos días en la India como para saber que es imposible, siendo turista, que los indios no intenten exprimirte los bolsillos hasta decir basta. Hasta los funcionarios públicos intentan beneficiarse a costa de uno, y si el rédito no es para ellos, nunca falta un pariente o amigo a quien ayudar. Basta con sacar un pie de la estación para ver la oleada de conductores de rickshaws decididos a venderte lo que puedan. Creíamos que viniendo del Sudeste estaríamos curtidos, pero en este aspecto, la India lo supera todo. De hecho, lo único que nos resultó desgastante de este país es la insinceridad de los indios para con quienes somos, después de todo, su principal fuente de ingresos.
Superado el incordio, e instalados en un hotel céntrico, salimos a recorrer la ciudad. Tomamos un rickshaw hacia el casco histórico, dentro de las murallas de la ciudad. El conductor del rickshaw, con un peinado al estilo Pocho la Pantera, estaba completamente fuera de sí, e insultó y tocó bocina a cuanta persona se cruzó por nuestro camino. El personaje era bastante genial, y nos llevó a destino en apenas unos minutos. Aprieten el video si quieren viajar unos minutos en Rickshaw por la India.
A la mañana siguiente recibimos a Luli Tixi, que venía de China y resultó ser una gran compañera de viaje y congeniamos de maravilla. Con ella, fuimos a ver el Palacio de los Vientos, desde donde las mujeres del maharajá miraban la actividad de la ciudad sin ser vistas, a través de pequeñas ventanitas que tambén hacían las veces de ventilación natural. La influencia musulmana es muy fuerte en esta región, y la ley que impedía a las mujeres mostrar sus rostros se aplicaba con todo rigor. Hasta hoy en día se ven mujeres que apenas dejan ver sus ojos, y el trato de los indios, tanto musulmanes como hindúes, para con la mujeres es bastante cavernícola.
Por la tarde visitamos el Fuerte de Amber, cuya visita fue conducida por un guía muy particular. De vez en cuando había que darle cuerda para que procesase las respuestas, y estaba obsesionado con proteger nuestras cabezas de los bajos marcos de las puertas. Cada dos minutos se escuchaba con una delicada voz las palabras ¨mind your head¨.
De allí fuimos a ver el Water Palace, que es un hermosos edificio
en el medio de un lago. No pudimos acceder más que hasta la orilla y terminamos comprando telas para nuestras solícitas madres y hermanas. En ese negocio salió a la luz una carácteristica escondida en javo y que la presenciaríamos a lo largo de todo el viaje: Javier es adicto al regateo. Actualmente esta quinto en los top ten más odiados por los comerciantes de India. Entre otras cosas, negocia precios hasta dejar secos a los vendedores para finalmente decir que no le interesa comprar. También se los ha visto pedir reemplazo entre sus compañeros para descansar, extenuados por las indecisiones de Javo a la hora de elegir, tramas, modelos, tamaños y colores. De todos modos no podemos negar que es un negociador tenaz.
Finalmente terminamos el día viendo el atardecer desde un templo en la cima de una colina y rodeados de pícaros monos. Por la mañana siguiente partimos a Pushkar, la ciudad enemiga de los vicios.
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