Nuestro viaje en bondi a Dalat, un pueblo en el medio de las montañas vietnamitas, fue de lo más tortuoso que podamos recordar. No hay caso! Viajar por tierra en Asia no puede nunca ser placentero. Las rutas son un desastre, y los vietnamitas no aportan mucho con su manera de manejar. De todos modos, lo peor del viaje fueron los asientos. Ninguno de los tres entraba en el suyo.
Dalat no parece Vietnam. Tampoco parece Asia, en verdad. Es una ciudad muy chica, pero parece más bien un pueblo grande, enclavado en medio de las montañas del sur de Vietnam, alrededor de un lago no muy grande. Todo el mundo vende a Dalat como si fuese un pueblo de los Alpes franceses, y es un poco verdad. Las casas y todas las construcciones son más europeas que otra cosa. El clima, además, es mucho más frío que en la costa, y por primera vez tuvimos que abrigarnos.
Lo primero que hicimos después de habernos instalado en el hotel fue, como siempre, salir a dar una vuelta en busca de algo para comer. Dimos una vuelta por el lago y encontramos un barcito que nos convenció porque parecía muy local. Tuvimos que luchar para poder lograr que la moza entendiera lo que queríamos pedir, y todo para que nos sirvieran cualquier otra cosa. En Vietnam es muy difícil encontrar a alguien que hable inglés decentemente.
Era 24 de diciembre y aunque los vietnamitas no festejaran la navidad, algo teníamos que hacer. En realidad, había como un espíritu navideño por todas partes, lucecitas prendidas en todas las calles, y hasta gente disfrazada de Papá Noel, pero pareciera que les gustaba más la idea en torno de la Navidad, el producto, más que la Navidad en sí que, después de todo es una fiesta católica. En ese sentido, nosotros, agnósticos incrédulos, estábamos un poco en la misma sintonía. Salimos a comer y Dalat era un páramo. Nadie por ningún lado, a eso de las 11 hasta las lámparas de la calle se apagaron. Creímos que tendríamos que volver a hotel, hasta que decidimos probar suerte en un boliche que habíamos visto por la tarde. Por suerte, el boliche explotaba cuando llegamos, y lo genial fue que por ser turistas nos atendieron como a reyes. Tres o cuatro mozas nos recibieron, nos llevaron a una mesa ocupada, sacaron a la fuerza a los locales que disfrutaban sus tragos, y comenzo el ir y venir de tragos y bebidas. En cuanto sacabamos un cigarrillo del paquete ya teniamso un encendedor prendido frente a nuestras bocas, pareciamos Jaffi Jaffer, rey de Zamunda. Los boliches orientales tienen, entre seguridad, mozos, DJ y barmans, suman más empleados que clientes, y todos hacen hasta lo imposible por atenderte.
Al día siguiente alquilamos unas motos y recorrimos toda la ciudad. Tuvimos nuestra gran oportunidad para desquitarnos y tocar la bocina a todos los que se nos cruzaran. Puede que uno no se sienta en Vietnam cuando está en Dalat, pero los vietnamitas con sus bocinazos incesantes se encargan de recordarnos que estamos en su país. Con las motos fuimos a ver dos cascadas que nos parecieron una gran mierda. Es increíble que vendan a las cascadas como la gran atracción del lugar, cuando apenas parecen naturales. Dimos un par de vueltas más, y visitamos otros lugares muy turísticos pero poco interesantes, como la antigua estación de tren.
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