El viaje de Sapa, en Vietnam, hasta Luang Prabang, en Laos, fue una auténtica odisea, un periplo que difícilmente olvidaremos. La experiencia fue única, pero a pesar de todos los percances y excetricidades que tuvimos que vivir antes de llegar a destino, fue muy divertido.
Partimos desde Sapa muy temprano en la mañana, dando inicio a un viaje que duraría dos días enteros, y que debimos hacer en varios trayectos, atravesando paisajes diversos, rutas en plena construcción, miles de poblados rurales, y el paso fronterizo que une a ambos paises por el norte.
Para no perder la costumbre, los vietnamitas que nos llevaron hicieron caber en la minivan muchas más personas del límite máximo, el cual una vez superado hace que las condiciones del viaje sean apenas humanas. Los vehìculos asiáticos están preparados para personas de medidas de ese continente, y nosotros no cabemos en sus apretados espacios. Más platónico que nunca, Juan es prisionero de su cuerpo de medidas exageradas. Para peor, la ruta estaba en construcción, y a juzgar por los escasos avances de la obra, ésta se encontraba en su primerísima etapa de ejecución: quizás dentro de varios años el mismo viaje sea más corto y placentero que el nuestro, pero en esta ocasión no fue así. La combi debió sortear verdaderos cráteres, que si nos hubieran dicho que eran restos de la guerra de Vietnam, lo hubieramos creído.
Después de viajar en esas condiciones durante más de nueve horas, llegamos a Dien Bien Pho, a pocos kilometros de la frontera. Ahí pasamos la noche, para tomar otro bondi a las 5 am del día siguiente. Nos acompañaban los catalanes que conocimos en Halong Bay. Comer en DBPH fue todo un tema. Debe ser más fácil encontrar a alguien que hable latín que alguien que hable inglés en este pueblo alejado de toda realidad.
Pasado el mediodía, llegamos a Muong Kuang, en Laos. Durante todo el recorrido nos acompañaron unas campesinas vietnamitas que llevaban consigo cantidad de bolsones con vaya a saber uno qué cosas dentro. Presumiblemente llevaban comida para vender, y además, tenían gatos, patos y gallinas, todos dentro de la cabina de la camioneta.
Muong Kuang es el paso obligado para cruzar de un país a otro. El pueblo es de una precariedad absoluta, y es un fiel pantallazo de lo que será Laos, un país atrasado varias décadas de la historia, muy castigado por un comunismo que no supo concretar sus promesas. Por suerte conseguimos un bondi que salía después de una hora hacia Luang Prabang, nuestro inalcanzable destino final. El viaje fue igual que todos los otros, pero el colectivo era mucho más grande y cómodo. Apenas nos bajamos de ese bondi en LP, hicimos dos cuadras y vimos que el chofer atropelló a una motociclista que acabó con medio cuerpo dentro del motor. QEPD.
Extenuados por el viaje interminable, sólo queríamos conseguir rápidamente un hotel para tirarnos en una cama y dormir. La vagancia es característica de los laosianos, y lo advertimos ni bien llegamos a LP. La ciudad parecía un pueblo fantasma, sólo se escuchaba el silencio de la noche. Golpeamos la puerta de todos los hoteles de la ciudad pero en todos recibimos, de parte de remolones concerges nocturnos, la misma respuesta: rooms full. Finalmente, y cuando ya casi no quedaban hoteles en los que preguntar, conseguimos dos habitaciones de muy baja calidad. Las tomamos, y al día siguiente nos mudamos. Claro que por la mañana fue mucho más fácil encontrar guest houses dispuestos a recibirnos y, curiosamente, ya casi ninguno estaba lleno.
Luang Prabang es una ciudad muy especial. Enclavado en la península formada por la confluencia de dos ríos (el Mekong y otro de nombre impronunciable), el pueblo es muy afrancesado, está lleno de cafes y boulangeries, y muchos hoteles llevan nombres galos. Herencias de la colonización.
En los primeros dias conocimos muchos españoles y se armo un grupito hispanoparlante: Oihane y Pablo del Pais Vasco, Yolanda de Valladolid, Sergio de Guadalajara y los ya conocidos Paqui, Xavi, Javo, Lauti y Juan.
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